Los putos
¿A dónde está la libertad?
Los conocí cuando vine a vivir a Buenos Aires. Yo era un nenito de doce que había llegado desde un pueblito del interior y había descubierto de golpe que su papá no era muy hábil con la pedagogía.
—La semana que viene empezás en la ENET. No te van a dejar entrar con el pelo así —me advirtió y puso cara de vergüenza y asco mientras me miraba—. Así que buscá una peluquería y cortate el pelo, parecés un maricón.
«Ahora vengo, voy a los putos», avisaba en mi casa mientras salía con el pelo largo. Después, al rato, volvía con el pelo corto y nadie me preguntaba nada: ni dónde había estado, ni quién me había cortado. Nada. Quizás ni se daban cuenta.
***
Desde que lo conozco —incluso en fotos anteriores a mi nacimiento—, mi viejo siempre tuvo bigote policial, el pelo recortado siempre con el mismo largo y una disciplina samurái para cualquier cosa que requiera habitualidad y metodología. Y la flexibilidad emocional de un grisín.
Las rutinas familiares eran innegociables: los sábados a la noche cenábamos siempre pizza, los domingos íbamos al supermercado, cada tercer miércoles del mes lavábamos el auto, domingos por medio íbamos a pescar —antes de ir al supermercado—, un viernes al mes tomábamos helado y cada vez que cobraba el aguinaldo cenábamos afuera. Siempre fue metódico mi viejo. Pero en sus propias rutinas, las que no requerían congeniar con el resto de la familia, era peor.
En cada cambio de estación hacía los arreglos del auto: alineación y balanceo cuando llegaba el verano, cambio de aceite en primavera, cambio de bujías en invierno y prueba hidráulica del tanque de gas en otoño. En su cumpleaños, un chequeo general. «Sangre y pis, como todos los años», repetía los once de julio.
—Las rutinas son para respetarlas —decía y dice mi viejo, prisionero de sus propias normas.
Sin ir más lejos, compartimos una comida hace algunos días en la que llegué de imprevisto a su casa y me dijo que pensaba cocinar fideos, pero que estaba enculado porque no podía permitirse abrir un paquete de tallarines: todavía tenía abierto otro de fideos guiseros.
***
Buenos Aires se presentaba difícil para mí. Hacía un mes y pico que había vuelto y tenía dos semanas para acostumbrarme a tomar colectivos con distintos números y letras. Los primeros días quisieron robarme varias veces, vi nenes de mi edad fumando o agarrándose a trompadas en la calle, escuché gritos como nunca en mis doce años de inocencia pueblerina y vi, también, un cartel gigante que decía en letras de molde: «Hadad - Salón masculino».
Nunca supe y tampoco sé ahora por qué le dicen salón masculino a una peluquería. Pero me acerqué y vi que había unas tijeras cruzadas y un precio escrito en una pizarra: «Corte caballero 2 pesos». Y yo no era un caballero, pero no había corte para nenes o adolescentes o lo que fuera que fuese yo en ese momento. Pero como tenía los dos pesos en el bolsillo, entré.
—Hola, ¿me podés cortar el pelo? —dije con acento de pueblo.
Me atendió Alberto. No sabía su nombre pero lo supe casi enseguida. Me saludó con un beso, me dijo que me pusiera cómodo y empezó a recorrer el final de mi cabellera con una de sus manos mientras me preguntaba cómo quería cortarme.
—¿Qué? Yo no soy peluquero —contesté.
***
Todos los años anteriores al día que descubrí a los putos me corté de Dorita, una señora sencilla que había montado una peluquería espantosa en la que había sido la habitación de su hijo mayor, después de haber dejado el pueblo para emigrar a estudiar en la ciudad. Todos pasábamos por lo de Dorita. Incluso, hubo una época en que el pueblo entero tenía los mismos rasgos. Viejos, doñas, nenes chiquitos y no sé si no se animaba a alguna mascota, todos con el mismo corte de pelo.
La última vez que me corté de Dorita fue la más humillante.
Promediaba quinto grado y Milka, la señorita con el nombre más dulce y el peor humor que conocí en mi vida, entró al aula a los gritos y nos ordenó, tragándose las eses:
—Lo’ varone’ hacen una fila acá; la’ nena’ otra fila allá.
Y empezó a pasar por cada banco buscando piojos con precisión fascista. Yo estaba convencido de que Milka disfrutaba cada vez que enganchaba a alguno poseído por una colonia de liendres. Y cuando me tocó a mí, puso el grito en el cielo: «Piojos, liendres, caspa, seborrea… y encima es hincha de boca», dijo y todos se rieron a carcajadas. Me dijo que fuera a dirección a firmar el libro de mala conducta y que llamaran a mi mamá para que me viniese a buscar.
En esa época cualquier situación se contaba con vergüenza: «¿Viste fulano? Va a tener otro hijo, no digas nada»; «¿Te enteraste? Los padres de mengano se separaron, una tragedia»; «¿Vos sabés guardar un secreto? Nacho tiene piojos, pobrecito».
Llegué a casa y me encerré en la pieza. No quería hablar con nadie: tenía la necesidad de procesar mi enfermedad. Hacía poco había muerto Jeremías, uno de mis mejores amigos de la infancia. Tenía 8 años y se lo comió de un bocado una leucemia fulminante. Y ahora yo tenía pediculosis, según decía la caja del nopucid y estaba cagado en las patas. Tomé impulso al rato y, con los ojos bordó llorar, salí y encaré la situación:
—Me voy de Dorita a que me corte el pelo —avisé y me fui casi sin saludar, yendo a buscar la cura de mi desgracia.
En esa época, en ese punto geográfico y en ese momento histórico, cualquier nene de 10 años caminaba solo por cualquier calle. Llegué a lo de Dorita como tantas veces y me saludó con un beso; yo no podía mirarla a los ojos.
—¿Qué pasa, remolino? —me dijo.
Me había bautizado así la primera vez que fui, decía que tenía un remolino izquierdo, una cosa que ahora que tengo más de cuarenta tampoco sé qué es, pero parece que no te podés peinar bien para un lado, pero para el otro sí.
—Nada. Estoy enfermo. Tengo pediculosis.
Dorita se empezó a cagar de la risa y volvió con la máquina para pelarme.
Salí como un kiwi. Apenas unos pelitos me dejó; la suavidad de un cachorrito tenía. Llegué a mi casa casi al mismo momento que mi viejo, que vendría de jugar al paddle como todos los martes.
—¿Te gusta cómo me queda?
—Parecés una Renault fuego con las puertas abiertas —dijo mientras se tocaba las orejas y me señalaba con la nariz.
***
Ahora estaba en manos de Alberto que insistía.
—Claro, nene, ¿cómo te corto? ¡Ay, Toni, me pregunta a mí cómo le corto a él! —y movió la mano con ese gesto universal que se usó en todas las representaciones por intentar contar la actitud de un hombre homosexual durante los años noventa y hasta principios de dos mil, cuando empezamos a evolucionar.
—Cortame corto —le pedí.
Yo nunca había visto un puto de cerca, con la honrosa excepción de la Boris, un personaje marginal que creció en el mismo pueblo que yo y que pululaba por las casas pidiendo ropa vieja y, aprovechándose de la situación, algunos vecinos le daban prendas definitivamente masculinas con tal de joderle la vida.
Pero la Boris iba al frente: se agarraba a piñas, puteaba, pateaba puertas y escupía caras cada vez que alguien intentaba pasarla por encima. Se paseaba por las calles y por los bares de mi pueblo con un novio pelado y bajito de voz finita. Se abrían paso, se construían, entiendo ahora.
Pero Alberto era un puto diferente a todo lo que yo conocía del tema. Era hombre, se movía como hombre, tenía fisonomía de hombre, pero hablaba exageradamente como una mujer. Era una caricatura de las caricaturas que la sociedad hacía —y hace, seamos sensatos— puertas adentro o en cualquier asado. Me miró dos segundos, se llevó la mano al mentón, hizo pucherito y me interrumpió:
—¿Querés que te lave?
Yo nunca me había lavado el pelo en una peluquería y dije que sí casi sin dudarlo, con la inocencia que se forma cuando en un mismo cuerpo hay curiosidad e infancia.
—¡Tony! ¡Ton! ¿¡Ton?! ¡Ay, puta madre, siempre con la music, este! ¡¡¡Tony!!!
Del fondo apareció Tony, secándose las manos sobre un delantal. Estaba marginado a la tintura de señoras muy gordas y muy viejas que estaban al final del salón, fumando y leyendo adentro de esos tambores gigantes para secarse el pelo.
—Lavale el pelo al cachorrito este —ordenó y lo miró por el espejo.
Yo no sabía ni sospechaba nada: era una excentricidad, como estar en una casa donde se habla otro idioma, se profesa otra religión o se escucha otra música. Nada más.
Después volví a Alberto que empezó a cortarme. Caían a borbotones las matas de pelo negro sobre el suelo color té con leche de la peluquería. Cuando terminó, saqué los dos pesos del bolsillo para pagarle y me dijo que no, que yo no era un caballero. Era un pequeño gentleman. Eso dijo. Yo no lo entendí y no hubiese podido contar esta historia hasta bastante entrado en años, porque pensé que me había querido decir algo referido a la tonada campechana que me acompañaba entonces.
Pequeño gentleman.
***
Los putos y yo fuimos creciendo. Desde Dorita que no tenía peluquero fijo y ahora se había entablado un vínculo. En mi casa no entendían del todo por qué me cortaba ahí y yo siento que tampoco lo supe bien, pero me sentía cómodo sin tener que explicar cómo cortarme. Entraba, qué hacés Alber, cómo va Toni, me sentaba, pagaba y me iba. Para peor, el pelo me crecía muchísimo, por lo que frecuentaba Hadad una vez por mes.
Después vinieron los años imposibles, el no future, el mundo entero yéndose a la mierda, la oscuridad, esa época que quedó justo en el medio entre la caída de diversión del Sega y la llegada de la Playstation. Y con mis amigos nos agarró curiosidad por pintarnos el pelo de colores. En mi casa, donde siempre fui amo y señor, empezaron a mirarme mal. Ya no alcanzaba con tener el boletín perfecto. Había llegado al momento de los tatuajes, los aros y, ahora, los pelos de color azul, verde, rojo o lo que fuere. La única forma que conozco de haber pasado la adolescencia en manos del neoliberalismo de los años noventa en Argentina es agarrándose a trompadas contra todos los límites. Y yo me peleaba día por medio.
—¿A dónde vas ahora? —protestó mi vieja cuando me vio salir de nuevo, diez minutos después de haber llegado del colegio.
—A los putos, me voy a teñir de verde.
Y me fui de un portazo. La escuchaba desde afuera decir no sé qué cosa, que el sida, que no sé qué cosa, pero yo ya estaba en otra. Pasé a buscar a Diego, mi mejor amigo y cómplice de peluquería para entonces, y con determinación le hice una invitación:
—¿Vamos a los putos a teñirnos de colores?
Sin terminar la palabra colores, Diego ya estaba del lado de afuera de su casa. Hasta allá nos fuimos.
Mientras Alberto me sacaba los pelos para afuera de una gorra de latex, Toni preparaba la mezcla para pintarme de colores. Primero yo, después Diego. Iba a ser una tarde larga: hacer color lleva horas.
—¿Sabés quién se casa? —le dijo Alberto a Toni por el espejo.
Toni lo miró con cierto desgano; estaba exageradamente flaco y todos sospechábamos que tenía sida.
—No sé, Alber. ¿Quién?
—¡Ay, no! ¡No! ¡Te morís! ¡Se casa La Gorda!
Toni revivió como una flor que recibe las gotas de riego justo antes de la sequía fatal. Le brillaban los ojitos, los veía a través del espejo. Fue hasta el fondo y volvió con una botella de champagne para brindar. Mi cabeza pasó a cuarto plano, pero la estábamos pasando bien. Era una especie de café concert al precio de un corte de pelo.
—¡Pero pará, necesitamos organizarle una fiesta a La Gorda!
***
Esta es la última vez que Alberto me va a cortar el pelo pero yo todavía no lo sé. ¿Por qué nunca sabemos cuándo son las últimas veces de algo? Me corta, me masajea el cuero cabelludo, me reta por haber tardado más de tres meses en ir. Mientras, Diego espera su turno sentado a mis espaldas. La joda de ir a los putos se había vuelto hábito. Nos gustaba cómo nos cortaban, nos parecía totalmente desprejuiciado ir y no teníamos ningún rollo. Y mientras peina y saca pelo, se abre la puerta.
—¡Aló! ¿Hay alguien acá que atienda?
—¡¿Gorda?! ¡¿Gordita?! ¡¡Gorda!! ¡Toni, vino La Gorda!
La gorda era un señor de unos 58 años, pelado, lógicamente gordo, vestido con un jardinero y una remera violeta visiblemente importada que —me enteré en los primeros tres minutos de charla— vivía en Fort Lauderdale, era agente de real estate y había llegado de sorpresa a Argentina para casarse.
—Termino de cortarle al pequeño gentleman —me había quedado el mote— y estoy con vos, gordita.
Alberto estaba radiante. Nunca lo había visto así en todos los años en que fue mi peluquero. Mientras me cortaba, sin prestar atención, miraba a Toni y a La Gorda por el espejo y les hablaba, les contaba de una galería de arte que había descubierto, de no sé tal o cuál boliche nuevo y en un momento, como quien recuerda una boleta a punto de vencerse, abrió los ojos.
—¡La fiesta! ¡Tenemos que organizar la despedida, Toni!
Toni asintió con la cabeza y siguió conversando con La Gorda, pero Alberto ya no podía pensar en otra cosa. Me miró a través del espejo y, sin dudarlo, me preguntó:
—¿Vos no conocés a nadie que quiera animar una fiestita para La Gorda? —dijo y con los ojos y las cejas señaló a Diego, el más lindo de mi grupo de amigos, el que siempre tuvo la conquista resuelta: sano, deportista, hegemónico, simétrico—. Tengo cinco mil pesos.
Yo no había visto nunca cinco mil pesos. Nadie había visto nunca cinco mil pesos en mi entorno. Con cinco mil pesos una familia podía vivir un año. Con Diego nos empezamos a reír de la broma de Alberto y él se ofuscó. Dijo que era en serio. Que hacía mucho que quería proponernos hacer algo, que no todo era peluquería y colores en el pelo, que ya éramos grandes, que no podía ser que no habláramos nunca en serio, que quería hacerlo ahora porque Toni ya no estaba bien, que pensó que éramos sus amigos, que los amigos no tienen edad, que yo no era ningún pequeño gentleman, sino que era un pelotudo que se había reído de sus sentimientos, que pensó que por primera vez podía hacer amigos que no fueran como él sin ser juzgado y se largó a llorar con melodrama de novela y se encerró en el baño con Toni.
Yo me quedé sentado en el sillón impávido, con la mitad de la cabeza con el pelo cortado y la otra mitad abandonada a la suerte.
Pasaron los minutos, pero ni Toni ni Alberto volvieron a aparecer. La Gorda les daba ánimos desde el otro lado de la puerta. Supe que los días en los putos habían terminado, así que saqué —esta vez sí— dos pesos del bolsillo de mi jean y los dejé sobre el mostrador. Y nos fuimos.
***
Al poco tiempo vi el cartel de alquiler. Hadad había cerrado; de Alberto y de Toni no supe nada por muchos años. Algunos rumores me hicieron llegar la información más tarde: se habían mudado a Miami y se prometieron amor eterno en el casamiento de La Gorda. «Hasta que la muerte nos separe», dijo Alberto y Toni asintió, consciente de que estaba a la vuelta de la esquina.
Desde aquella vez en la que ya no volví, ando por la vida sin peluquero. Me corto en cualquier lugar con un asiento libre, en cualquier momento, en cualquier pueblo. Pasé por maestros peluqueros y barberos modernos a los que todavía nunca les había crecido la barba. Me cortaron bien, mal y peor. De vez en cuando abro alguna puerta al azar en algún lugar cualquiera que tenga un cartelito que diga salón masculino. Y nunca, pero nunca, al otro lado están ni Alberto, ni Toni, ni su música. Entonces me siento, me preguntan cómo quiero cortarme y siempre respondo lo mismo: «Como quieras, yo no soy peluquero».




Que gran cuento, me gusto mucho, te felicito Nacho!, que sigan los éxitos!!!, abrazo.
Hermoso cuento, lleno de imágenes de aquellos años y muy conmovedor. Me encantó como describís a esos queribles putos. Gracias, Ana