Trueque de fe
Más allá de las pascuas.
Hoy no es un domingo más: es veinticuatro de marzo de 2002 y falta una semana para festejar las Pascuas. Afuera, la mayoría de los negocios están cerrados: pero no porque sea domingo; están cerrados de hambre, de tristeza, de desilusión. Cerrados de angustia. En cambio, nosotros estamos en la cresta de la estupidez, no hay un fin de semana mejor que el otro: si el Nívor no termina doblado vomitando, es porque me toca a mí; si el Tola no balbucea en ruso, es porque directamente no puede hablar. Y hoy, cuando el sol empezó a colarse por las ventanas del bar al que vamos siempre, quisimos ir a más:
—¿Y si tomamos la catedral de Lomas?
La catedral de Lomas es —hablando con propiedad— una basílica menor, un título otorgado por el papa de turno para distinguirla de otros lugares sagrados. Yo no tengo idea de nada de esto: mi único contacto con la religión es eso que yo llamo «el álbum de figuritas», una carpeta llena de fotos de santos y vírgenes a los que mi vieja les reza siempre: cuando las cosas van mal, cuando no hay consuelo o cuando hay desesperación. Y seguramente les rezaría cuando las cosas fueran bien, pero eso no pasa hace rato.
El Tola dice que no, el Nívor dice que sí, yo desempato:
—Vamos.
Salimos heridos de Dubh Linn, un barcito con estilo irlandés en el centro de Lomas, y empezamos a recorrer el camino con una determinación que yo no sabía que tenía hasta esa madrugada. El Tola intenta frenarnos con argumentos incomprensibles para cualquier adolescente crecido en los noventa:
—No seamos boludos, nos puede pasar algo, se puede armar quilombo.
Creo que no entiende que la idea de que pueda armarse quilombo funciona como combustible para nosotros.
—Pero por supuesto que se va armar quilombo, Tola —retruca el Nívor mientras hace fondo blanco a un vaso con Tía María que sacó del bar a escondidas.
Y durante todo el viaje quiere convencernos de que no es una buena idea, de que se pueden enojar, de que con la Iglesia no se jode, de que respetemos a los demás.
—Qué mierda, vamos que ya llegamos —digo mientras me desabrocho la camisa.
En los noventa, mi cuerpo era incapaz de producir sombra: pesaba cincuenta y ocho kilos y medía un metro ochenta y siete. Era imposible juntar esas dos variables en un mismo ser humano. Una cosa sin sentido, como un albino negro o un diputado honesto. Y, como si fuera poco, me compraba siempre la ropa más cachivache del perchero. Ese día tenía puesta una camisa blanca con palmeras marrones que me habían regalado para un cumpleaños. Cuando me la desabroché, daba más lástima que cuando la tenía cerrada.
Entonces, llegamos a la iglesia.
—No sean pelotudos… —intenta una vez más el Tola. Pero su advertencia es totalmente al pedo.
En diciembre de 2001, la Argentina se prendió fuego. Y después del fuego, ni las cenizas quedaron. En ese mundo crecí y tuve que rearmarme. Pasamos de ser pobres a ser muy pobres, lo cual fue una ventaja: no perdimos ahorros porque no teníamos nada.
Al calor del fuego de diciembre, lógicamente, un nuevo contrato de alquiler nos cortó la respiración y volvimos a jugar al tetris: la vida en cajas, cientos de recuerdos apilados entre sí moviéndose en camionetas prestadas para ahorrarnos el flete. Y, en medio de ese caldo, afloraron las iglesias evangélicas: cadenas televisivas nocturnas de pastores brasileros hablando portuñol y vendiendo la cruz con el aceite consagrado en Israel. Todo formaba un relato que engranaba perfecto en la trasnoche de cualquier casa conurbana de principios de siglo.
Estoy decidido, con la camisa desabrochada, supongo que tapado de olor a cigarrillo y con los ojos colorados por tomar de más. Afuera, en las puertas de la casa de Dios, hay mesitas improvisadas de gente haciendo trueque, pidiendo limosnas, llorando en voz alta: se van volviendo invisibles. Adentro, camino con determinación por la pasarela de las novias. Entre las puertas de la catedral —dos hojas de madera lustrada gigantes— y el altar, hay unos cuarenta metros: si todo sale como quiero, dentro de veinte segundos voy a estar detrás del altar. Pero todavía no sé qué voy a decir. Escucho al Tola balbucear; está incómodo pero atravesado por la intriga:
—No podés ser tan hijo de puta…
—Eu posso —respondo.
Nos miramos a los ojos: él sabe perfectamente todo lo que está por pasar. En paralelo, el Nívor empieza a hacer el moonwalk de Michael Jackson. Y entonces, recién entonces, empiezo a escuchar los murmullos.
—Es una falta de respeto —dice una viejita a mi lado.
Cuando hacemos contacto visual, le tiro un beso.
—¿Quiénes son estos? —pregunta un pelado a mitad de camino.
—¡Son hijos del señor! —grita otro desde atrás.
En las noches de fines de 2001, me costaba dormir. Dejaba el tele prendido y siempre me despertaba algún pastor hablando en portuñol. A veces, sus voces aparecían en mis sueños: las fui sintiendo cercanas. La voz de uno de ellos me cautivó: la del pastor Adelmar. Y, un poco en joda, empecé a imitarlo en las sobremesas. Dos meses más tarde, eu falava portuñol perfeitamente.
En menos de tres segundos, llego al altar: si fuese una novia que se casa, estoy en el punto exacto en el que mi papá me suelta el brazo, totalmente a desgano, para que me vaya a vivir mi vida nueva con un sátrapa. Miro a la izquierda y veo al Tola taparse la cara con las dos manos; creo que empieza a llorar. Miro a la derecha y veo al Nívor con una caja llena de hostias que acaba de agarrar del «kiosquito», como le decimos cariñosamente a esa especie de cabina telefónica de madera donde se confiesan los cristianos. Entonces me doy vuelta y doy la cara a la iglesia. Se produce un silencio, pero no es un silencio normal; es un silencio grueso, espeso: ocupa lugar entre las paredes de la catedral. Y, entonces, no puedo evitarlo más:
—Irmãos… Irmãs… Hoje é um dia especial. Você se sente triste? Vocês estão se sentindo sem esperança? Você acha que não há futuro? Estou com os pastores Tola e Nívor para nos livrar do demônio que invade seus corpos.
Y, como si no alcanzara, saco un cigarrillo del bolsillo de la camisa, lo prendo y me pongo a hacer aritos de humo perfectos bajo la luz cenital del sol que se cuela por el vitró.
Tres segundos cuento hasta que escucho las primeras puteadas:
—Hereje hijo de mil putas.
—¿No tenés madre vos?
—¡Está endemoniado!
Podría seguir un rato largo, pero alguien pronuncia las palabras mágicas:
—Es un hijo de Dios como todos nosotros.
Y, de golpe, la quietud total. Como esos entrenadores de animales asesinos, el encantador de fieles con túnica y ribetes dorados se para delante de mí, dice esas palabras una atrás de la otra y calma a las fieras.
—¿Qué les pasa? —pregunta el padre Ricardo.
El padre Ricardo tiene la misma cara de fiesta que nosotros tres, pero es más grande y más hábil. Con la excusa del prójimo, el amor y los mandamientos, nos abraza como puede y nos va llevando, como el flautista de Hamelín, hasta una trastienda, una suerte de camarín: ahí están la ropa de civil del cura, un paquete con medialunas, un atado de Le Mans —que fuma a escondidas— y una radio Spika en donde, nos cuenta, escucha los partidos de fútbol de la fecha entre misa y misa.
—¿Quieren comer algo?
No llego a contestar.
—Hostias —dice el Nívor.
El último tramo del intento por tomar la catedral de Lomas lo veo desde la parte de atrás de un Fiat Siena de la Policía Bonaerense. Ahí vamos los tres, acusados de desacato al clero y deshonra a los símbolos sagrados de la fe cristiana, llorando de risa, de miedo y de sueño. Cada tanto nos reímos de la nada.
—Você acha que pode ser um bom pastor, irmão Tola? Você não gostaria que expulsássemos o demônio, irmão Nívor? —pregunto esposado.
El Fiat acelera y las risas quedan pegadas para siempre al aire que sobrevuela los recuerdos de aquellos años, los más grises hasta entonces. Cada tanto, en asados que hacemos ahora que tenemos canas, alguno pregunta algo en portugués y yo amago a desabrocharme la camisa.



